Desde unas costas rocosas
las olas, alborotadas,
irrumpen y saludan
al farero
que impaciente,
que impaciente,
tu regreso,
aguarda.
Cada atardecer,
observa la caída
del astro rey
dando la bienvenida
a la princesa luna.
Cada atardecer
espera hasta anochecer
esos anhelados
fulgores plateados
observa la caída
del astro rey
dando la bienvenida
a la princesa luna.
Cada atardecer
espera hasta anochecer
esos anhelados
fulgores plateados
de la princesa luna.
Mira el horizonte
mas tan solo ve
la extensidad del mar,
ora embravecido,
ora calmado.
Mirando las olas
ir y venir,
llegar y partir,
siente la brisa del mar
acariciando su piel,
escucha el sílbido de la ventisca
cautivando sus oidos.
Todos testimonios silenciosos,
todos intrépidos titanes
del tiempo,
inquebrantables
pero frágiles como su corazón.
Efímeros momentos,
rodeados de vasta
y salvaje naturaleza
de doble personalidad:
terrenal como un cuerpo
y celestial
como media alma humana.
Desde estas rocosas costas,
siente, siento, sientes
el tic tac del reloj
en cada ola,
en cada soplo de viento,
y en cada rayo de sol.
En estas costas rocosas,
mar y tierra,
aire y mar,
se encuentran
en un fugaz e intenso
anochecer,
en un sutil y denso
resplandor.
Mira el horizonte
mas tan solo ve
la extensidad del mar,
ora embravecido,
ora calmado.
Mirando las olas
ir y venir,
llegar y partir,
siente la brisa del mar
acariciando su piel,
escucha el sílbido de la ventisca
cautivando sus oidos.
Todos testimonios silenciosos,
todos intrépidos titanes
del tiempo,
inquebrantables
pero frágiles como su corazón.
Efímeros momentos,
rodeados de vasta
y salvaje naturaleza
de doble personalidad:
terrenal como un cuerpo
y celestial
como media alma humana.
Desde estas rocosas costas,
siente, siento, sientes
el tic tac del reloj
en cada ola,
en cada soplo de viento,
y en cada rayo de sol.
En estas costas rocosas,
mar y tierra,
aire y mar,
se encuentran
en un fugaz e intenso
anochecer,
en un sutil y denso
resplandor.